LAS CUEVAS DE CARRANZA

(Crónica de Jesús Sainz Maizpule.) – Con ocasión de celebrarse una asamblea regional de espelología en el valle de Carranza y de haberse descubierto allí – en el lugar del monte de Ranero, en Carranza (provincia de Vizcaya), la caverna más grande del mundo, el nombre de Carranza ha aparecido en la mayor parte de los periódicos españoles, porque sobre ella puede ya afirmarse que ha batido un récord mundial por poseer la caverna más grande del mundo en proporción de cuatro veces superior a la llamada gruta gigante de Trieste. Uno de los espelólogos que han explorado la caverna ha emitido este juicio: «Igual que en Pozalagua – otra gruta de Carranza -, aunque en menor cantidad, hay esas maravillosas estalactitas excéntricas que harán famoso en el mundo entero el nombre de Carranza».

Para justificar esta admiración y esperanza de renombre, el citado espelólogo insiste con nuevos detalles en la magnitud de la caverna explorada, diciendo que para orientarse dentro de ella les será preciso a los espeleólogos servirse de una brújula y de un mapa. Al decir esto encontraba conformidad a sus palabras por los otros compañeros de exploración, que también han querido hacer que su nombre figure en los anales de este descubrimiento, dado que, «como esta cueva es única en el mundo, no queremos perder esta oportunidad, también única en el mundo».

Confieso que el tomar yo por tema de mi crónica este hallazgo, no obedece a su sorprendente magintud ni a la singularidad que distingue la nueva caverna, puesto que para mí la cosa se reduce a una simple curiosidad geológica, y, desgraciadamente sólo puede vibrar periódicamente ante hechos o significaciones «humanas»; pero no ante los fenómenos de la Naturaleza, porque no acierto a leerlos como expresión de hechos de fuerza espirituales.

He aquí por qué me ha interesado más el saber que el ilustre prehistoriador y paleontólogo don José Miguel de Barandiarán ha descubierto restos del paleolítico inferior en otra cueva, la de Venta de la Perra, también en Carranza. En este caso se trata de un hallazgo que tiene importantes significaciones puesto que permite una fecha de la existencia humana, perfectamente datada, la del musteriense, que es el último período interglacial, con fauna cálida, y principios del último período glacial, con fauna fría. Con esta datación sabemos que los hombres que habitaron en la citada cueva son contemporáneos de los que habitaban en la cueva del castillo, en la provincia de Santurce, y que eran cazadores de elefantes antiguos y de rinocerontes del tipo de merck. Estos hombres vivían en el estado del nomadismo y acampaban frecuentemente en las concavidades de las rías o en campamentos cubiertos con follaje o manojo de hurga para vigilar el paso de los animales hacia los abrevaderos para darles allí caza. Esto se sabe porque en los yacimientos citados se han encontrado grandes cantidades de huesos de animales, lo que justifica el que la época se designe como el paraíso del cazador. Efectivamente, debió ser grande la riqueza en especie de la fauna mayor de Europa, que entonces vivió libremente en estado salvaje al amparo de unas condiciones de vida sumamente favorables. Se citan como animales de esta época los hipopótamos, elefantes de las clases del «antigua» y «trogronterio», del mamut rinoceronte y de varias especies, caballos salvajes, bóvidos, cérvidos, cápridos, jabalíes, marmotas, liebres y conejos.

Esta evocación emocionada al «paraíso del cazador» en que vivieron mis paisanos carranzanos me hace lamentar que de aquel paraíso hoy no quedan para los aficionados a la caza más que escasos jabalíes y algunas liebres. Siquiera por esta posibilidad de contraste, el tema me emociona.

Hoja oficial de la provincia de Barcelona: Año XXXIII Número 1015 – 11 de Agosto de 1958.